martes, 17 de diciembre de 2013

Back to basics

Habiendo ingresado por el pasillo angosto, comencé a buscar la sección de frutas. Se encontraba a unos metros nada más, justo al frente de las costureras. Qué hermosas se veían aquellas frutas, gordas y brillantes. Y dando unos pasos más estaban las señoras que vendían velas de distintos colores, incienso y todo tipo de hierbas. La llamé la sección esotérica.  Y dando otros pasos más estaba la sección de plásticos: bandejas, bowls, tapers, etc. Había otro pasillo largo únicamente para las carnes.

Así es un mercado en Lima. Es una fiesta de olores para el olfato, una paleta de colores en un espacio reducido y el regateo por doquier.

Hace poco volví al mercado del barrio de Magdalena del Mar, un señor mercado, de esos que empiezan a ser menos comunes en ciudades que están modernizándose. Mi mamá tenía algo que hacer por ahí cerca  y yo fui de colada. Salí satisfecha, con una sonrisa de tonta por haber gastado mucho menos que en cualquier otro supermercado y con la autoestima elevada luego de que las vendedoras me hayan llamado “reina”, “madrecita” y “señorita”.  

Así a uno le vienen las ganas de hacer las compras semanales allí en vez del Wong, muy  lejos de las pitucas generalmente teñidas de La Molina, los villancicos en inglés como música de fondo que empiezo a aborrecer y el diálogo interno que se atraviesa por la cabeza cuando no sabes si una verdura está lo suficientemente madura o qué tipo de comida puedes hacer con ella.
Nada que envidiarle a un supermercado.




¿Cómo no llevar ese mango a la izquierda en primera plana?

lunes, 25 de noviembre de 2013

Se mueve la tierra

Tomé la mano de mi mamá y fuimos corriendo a un lugar al aire libre, a unos cuantos metros de nosotras. Una señora empezó a rezar en voz alta, eso me asustó mucho. Todos estábamos muertos de miedo. Eran las 3:05 pm aprox. , comprábamos en un mercado cerca de casa.

Cual acto reflejo agarré mi celular y marqué a mi papá para preguntarle si estaba bien, él trabaja en el  sétimo piso de un edificio en San isidro y aunque en el fondo yo sabía que sí estaba bien, necesitaba escucharlo de su voz. Fue inútil, las líneas telefónicas ya estaban saturadas.

Un temblor de 5.8 grados alarmó a los limeños la tarde de hoy y a pesar de que no hubo daños materiales ni fatales nos dio un buen susto y luego te lleva  a la reflexión. Muchas cosas  pasan por la cabeza en esos segundos.
Saber que vivo en una zona sísmica de alguna manera reduce el factor sorpresa de temblores porque sabes que pueden darse en cualquier momento, pero a la hora de la hora uno nunca está preparado.
Sin duda, el sentimiento colectivo es el agradecimiento de estar aún vivos. FIUU


 Con esto ya tuve mi dosis de miedo y adrenalina suficiente por medio año. 

martes, 8 de octubre de 2013

Buscando lo verde en el gris

A esto me refiero.
Nueva York tiene el Central Park, Mendoza tiene el Parque General San Martin, Paris tiene no sé cuántos cientos de grandes parques por todos lados que además tienen lagos y uno que otro "castillito" dentro y Lima….Lima…..se me viene a la mente el malecón en Miraflores que tiene paradas muy interesantes como el centro comercial Larcomar o ese punto de encuentro de los que practican parapente, también está el Parque Reducto que aunque esté todo enrejado es muy simpático y tiene al ladito  una feria con productos orgánicos, o el “Pentagonito” que es más bien de uso deportivo. Hay otros parques por supuesto, anónimos, que con mucha suerte solo serán recorridos por los que sacan a dar una vuelta a su mascota para cumplir con el compromiso de que el animalito tiene que hacer sus necesidades biológicas, los deportistas que hacen jogging o los abuelitos que salen en busca de distracción. Punto.


Los parques aquí son pequeños, algunos enrejados, otros muy alejados y aun siendo parques me resultan bulliciosos porque siempre hay alguna calle principal muy cerca. Encontrar un parque se ha vuelto, al menos para mí, en algo así como un oasis en pleno desierto. 
El Parque General San Martín en Mendoza, pleno otoño. 

Echo de menos esa sensación de encontrarse con un amigo, charlar de cualquier cosa tomando cualquier cosa o incluso hacer un picnic... en un parque! No. Aquí no se hace eso, para los encuentros entre amigos está una cafetería (que gracias a Dios ahora hay muchas más que la invasión Starbucks) o un bar.
Tengo la impresión que no muchos aquí comprenden o han sentido el placer de estar en la mitad de un enorme parque disfrutando una charla, tomando algo, tomando sol, tener la sensación de estar en un bosque. No sé si la idea les parezca anticuada o aburrida o ambos, pero viviendo en una ciudad tan agitada, bulliciosa y absorbente que tiene proyectos de construcción cada kilómetro que uno avanza en la calle y no tenga tantos espacios verdes , pues realmente me parece una lástima.  

Ya se había descrito antes a Lima con el adjetivo “gris”.  Bueno, están en lo cierto porque en realidad aquí casi no llueve y el cielo tiene la mayor parte del año ese color grisáceo. Aunque también siento que la falta de verde hizo que fuera galardonada ese adjetivo.

Qué sé yo, cada ciudad con lo suyo y cada individuo con sus costumbres.
 La buena noticia es que estamos en primavera y Lima ya se está despidiendo del gris.



Buscando en internet me enteré sobre este lugar.
Hace poco me fui a las Lomas de Lucumo.  Sacié  mi necesidad a 40 min al sur de Lima.
Fue una maravilla. Aunque no es un parque en sí, tuve el picnic, trekking, verdor ,sol  y una vista encantadora
.
http://www.lomasdelucumo.org/  

domingo, 15 de septiembre de 2013

Aún queda mucho por probar

Subí al bus esa noche con una bolsa de un kilo de tubérculos, esas de malla verde que  se consiguen en los supermercados cuando uno compra las verduras o frutas por kilo. Eran “mashuas”, como me explicó el buen hombre de la feria cuyo nombre no recuerdo. Todos los pasajeros me miraban con mucha curiosidad ese lunes alrededor de las 22 hrs mientras yo caminaba por el corredor hacia mi detectado asiento al fondo del bus…con mi bolsa.
“Trata de verlo como un premio” me había dicho Sara antes de subir. En efecto eso fue.

Había quedado con Sara en vernos a las 19 hrs en la entrada de la aclamada feria gastronómica  Mistura. Yo no estaba del todo convencida por la feria, no me llamaba  la atención y mucho menos encontraba el sentido en tener que pagar una entrada para, una vez dentro, volver a pagar para comer comida peruana… ¡en Lima! Me parecía solo marketing aprovechando que ahora la gastronomía peruana está en la boca de todos. Igualmente, la cocina nunca fue lo mío, pero esa es otra historia.
En fin, acepté  ir porque ella realmente quería.

Quizás por ser lunes había poca gente. Hubiera preferido ver más platos que fotos de ellos  por ejemplo. Encontrar bebidas para acompañar los platos no resultó tan fácil pues hay que caminar otro tanto para buscar los puestos de bebidas y los dos únicos que vi fueron de ice tea y otro donde  solo había agua, cerveza Pilsen y Coca Cola. ¿Y la chicha morada? Seguro no busqué bien.

Ya tomando el camino para la salida nos topamos con un stand que nos llamó a atención porque tenía variedades de papas. Pensé que se trataban de papas pero mirando bien era diferentes tipos de tubérculos de todas las formas y colores. El señor de ese stand, un ayacuchano regordete y un amor de persona, nos explicó todo sobre los tubérculos andinos. Fue como una clase. Nos hizo probar las mashuas cocidas y resultaron ser una delicia.  Recuerdo haberle dicho al final que es realmente una lástima no encontrar todo esto en un supermercado por ejemplo, porque siendo peruana jamás podría haberle explicado a mi amiga mexicana todo lo que él en ese momento podía.  Él y muchos productores de tubérculos andinos venden la mayoría de sus productos a restaurantes gourmet o a pedido. Dada la “resistencia” de la gente de comprar (justamente porque no los conocen y no saben cómo prepararlo)  no  venden estos deliciosos tubérculos en los supermercados. Al final es una especie de círculo vicioso.
En esos 20 min que duró toda esta explicación me sentí como una turista,  asombrada y atontada a la vez. La “clase” terminó con un obsequio: mi kilo de mashuas. Yo súper contenta. Las cocí al día siguiente para el almuerzo y nos gustó a todos en casa. De las casi 3 hrs que estuve dando vueltas por la feria esos 20 minutos fueron los mejores. Después de todo, se trata de un reencuentro con lo nuestro, como me había dicho este querido ayacuchano. Recién ahí entendí el sentido de Mistura.

Es una pena que siendo de un país con una gastronomía loable  no podamos conocer todos los alimentos que la hacen merecedora de ese título.  En todo caso, dado que no los encontraremos siempre en una góndola en el supermercado,  ya dependerá del nivel de curiosidad de cada uno y del atrevimiento de nuestro sentido del gusto.
 Gracias por animarme a ir Sara. 

¿Estás en Perú y te interesó esto? Encuentra más info en http://papasandinas.com/ 

domingo, 28 de julio de 2013

Me atrapaste, sedentarismo

No muy lejano de la realidad.
Alguna vez  estando en Paris, me enojé contigo Pierre, porque cuando por fin  nos veíamos en la noche, luego de una larga jornada de estar separados… tú, sí, tú,  te quedabas dormido en la mitad de la película  que yo había elegido  para que la viéramos juntos. Y tu excusa de estar cansado no me satisfacía en lo absoluto. 
Resulta que en estos días soy  yo quien no puede mantenerse despierta pasadas las 22:30. 

 Mis días de junio y julio se han convertido en una especie de hibernación. Soy una mezcla de oso polar,  Bridget Jones y una abuela tacaña, escenario demasiado lejano de lo que yo hubiera imaginado que serían  mis días en Lima a esta altura del año. Ejemplo: durante estas fiestas patrias me imaginaba haciendo la mochila y viajando a la selva unos 4 días. Ja! Ya quisiera.

Apenas el reloj roza las 22 hrs empieza a invadirme el cansancio. ¿Medianoche?  ¡No, jamás! ¡Pecado! A menos que una salida nocturna lo anteceda y al día siguiente no trabaje, ambas condiciones deben cumplirse.  Así de estricta con los horarios estoy siendo desde que empecé unos cursos  y a trabajar hace algún tiempo. ¿Actividad física? ¿En qué momento?
Ahora cuento las horas que duermo y las monedas que gasto. Tomo más café que antes y en los días de descanso quedarme en pijama todo el día me resulta una verdadera exquisitez. Ir al gimnasio se ha vuelto una utopía y mi meta de leer un libro por mes sigue siendo eso, una meta.  Ahora formo parte de los que viajan aplastados y agotados en un bus a las 18:30.

Ahora, solo ahora, te entiendo Pierre , pues yo también caí en el sedentarismo urbano… mejor dicho me dejé caer. Yo que intentaba ser la chica maravilla.

No me burlaré más de ti si me dices que tienes sueño a las 21:30 luego de un largo día en el trabajo. Pero ahora tú podrás burlarte de mí y reprocharme con todo derecho no haber visto una película hasta final.


Voilà ton revenge mon amour. Después de todo quien ríe al último, ríe mejor.

Me causó mucha gracia esta propaganda del Interbank. Entonces, que quede claro que si soy tacaña (prefiero el término "ahorradora" en mi caso) es por algo =)

domingo, 16 de junio de 2013

Días de junio

Acabo de tener un arrebato de nostalgia.
Mate argentino lo siento,
te cambié por un café americano. No te preocupes
que pienso retomar la costumbre.

No me ocurría desde hace algunos meses….hasta que Lima empezó  a cambiar de color. El gris  empieza a apoderarse de la ciudad sobre todo temprano en la mañana,  horario preferido en que la neblina densa se asoma y a veces quiere permanecer hasta la tarde.

Comenzaron los resfríos y el ritual de vestirse por capas. Comenzaron las lloviznas también,  lloviznas repito, no lluvias, porque las gotas que caen y empapan las calles son tan ligeras que no hace falta usar paraguas ni  esconderse de ella.
Siento que me faltan algunos ingredientes del invierno que solía tener en Mendoza: árboles bien peladitos, alguna materia que estudiar, lluvias de verdad, a veces nieve también, mate para la tarde y vino caliente preparado por un amigo alemán cuando caía viernes, usar si es posible un par de medias en cada pie al salir y cuando el bolsillo lo permitía algún escape a la Patagonia, aunque de hecho la última vez fue a Buenos Aires.
Así como alguna canción que desata recuerdos, la inauguración del invierno limeño tuvo exactamente ese efecto en mí.

No sé cuántos cambios de estaciones me tocarán vivir en esta ciudad pero espero que, más adelante, estando en otro lugar, pueda mirar a estos días fríos con cariño e incluso extrañarlos, tal y como me sucede ahora con los días de junio mendocinos cuando me encontraba empotrada en el sofá en un domingo como hoy, tiritando quizás pero disfrutando un mate. 

Lo que un mate puede mitigar. 

viernes, 17 de mayo de 2013

La combinación de desierto y pisco

Degustación en la Bodega Lazo.

Viviendo en Lima me fui a Ica.
Me dieron el lunes libre en el trabajo y como extrañaba mochilear un rato, compré  boletos a Ica. Quería respirar un poco, ver otro paisaje, sentirme de vacaciones al menos por un fin de semana, en otras palabras “bajar un cambio”, como dicen los argentinos.
Me fui sin averiguar nada, solo con la recomendación de algunas personas de hacer sandboarding y visitar bodegas. Me aseguré con el hospedaje al menos.
Por la mañana del domingo fui a un par de bodegas, ambas artesanales. Me encantó una de ellas en particular, Lazo, que más bien tenía pinta de museo de antigüedades y cosas raras de colección y se decía que el dueño era primo lejano de Simón Bolívar.  Por poco  salgo borracha con tanta degustación y mareada con las explicaciones de cómo se hace el vino y pisco, explicaciones de un proceso  que seguramente después no recordaré. 

Por la tarde de ese mismo día entregué mi vida a los conductores alocados de los buggies o tubulares, en otras palabras, los vehículos parecidos a insectos gigantes que trepan por las dunas como si flotaran, yendo a una velocidad tal que me hizo recordar la vez que estuve en los juegos mecánicos de Disney. Apenas se ponía en marcha el buggy la aventura se convertía en un griterío de groserías e invocaciones a la virgen María que luego se transformaban en risas y suspiros de alivio cuando al chofer se le ocurría de vez en cuando pisar el freno y desacelerar. Cuando pensábamos que ya se nos había agotado la adrenalina llegó la hora de  hacer sandboarding. Todos los pasajeros tomamos unas tablas parecidas a las de snowboard y luego el chofer/guía nos señaló las dunas sobre las que teníamos que deslizarnos. “¡Esta duna es pequeñita!”. Gran mentira. Yo como buena miedosa dejé que alguien más se deslizara antes para que mis propios ojos se convencieran de que llegaría sana y salva. Mi turno llegó y solo puedo decir que fue increíble.

  Después de haber conquistado nuestros miedos el cielo se tiñó de naranja y automáticamente nos sentamos a contemplar. Encantador.
   Al volver a Lima, al día siguiente, pasé por Paracas. Islas Ballestas y toda su fauna es lo único que me hace pensar que vale la pena de ese lugar. Mi cámara fotográfica y mi niño interior no podían haber estado estar más contentos.
Y así se hizo lunes por la noche y se acabó el viajecito. Martes de nuevo a la rutina, llegando muy somnolienta al trabajo pero hubiera sido un descaro quejarme… ¡qué venga la rutina nomas!  Total, yo ya bien relajada estaba. Un argentino me hubiera dicho “¿quién te quita lo bailado?”. Tal cual.

Un par de días en una ciudad a tan solo 4 hrs de Lima me bastó para recargar baterías y alejarme del alboroto urbano: la muchedumbre de las horas puntas, los micros, los innumerables rompe muelles y, ante todo, del claxon.


Cuando no Pierre.
Después de subir a ese buggy, juro que quedé curada del espanto.
Pescador en las Islas Ballestas.